14 de junio de 2008

De subjetividades...

Hoy la cosa va de teatro, algo que me gusta mucho más de lo que frecuento.
Y aunque recomendando suelo ser un verdadero desastre, me tomo un trago de osadía y largo la recomendación-invitación-sugerencia...
El escenario: una cancha de bochas, el mismo escenario en que los tíos de los tíos de mis tíos largaban puteadas al aire al tiempo que arrojaban sus bochas tratando de situarlas lo más cerca del bochín, discutiendo los arrime, bochadas o ganchos. Y que me embriagan hasta hoy, los domingos de anécdotas familiares.

La obra es un paseo, un ir de a dos, o de a tres, o solos o en multitud, caminando hacia el fin del desorden mental, masticando la locura camuflada en los pensamientos más cuerdos...


Una secuencia de actos que fundamentan el arte hasta con los mínimos efectos, me reí mucho. Demasiado. Recopilé certezas, evoqué recuerdos y me tragué incertidumbres, las que no, las dejé ahí, envueltas en un papel de caramelo.
Me cuestioné más de lo que pude responderme. Certifiqué que creación y creador se necesitan mutuamente. Si muere creador, su obra deja de existir. Humo. Muerte. Entierro. Cenizas. Lluvia. Y risas, claro, muchas risas.
Insisto en el adjetivo: Fascinante...una obra que deja el sabor de muchos verbos, crear y borrar; mojar y secar; dotar de significado sagrado al ciclo vital de la naturaleza, de la vida a la muerte, de la cordura a la más normal de las locuras, de la presencia a la ausencia, todo es un atarse y desatarse, un todo como barro derretido en nuestras manos...



Masticando la sensación que dejó en mí esta puesta en escena, me tomé el atrevimiento de manifestar el efecto que me invade en un pseudo-diálogo con el debido perdón a su autor:

¿Aún sigues ahí?
Te dije que quería que te fueras.
- No me voy a ir así. No quiero.
- Lo siento, querido, tu opinión no cuenta en mi casa.
Vete.
- Quiero que me expliques todo.
- Te lo he dicho, no puedes estar aquí, no es tu sitio.
Cruzaste una línea que no debías.
Sea de quien sea la culpa, ya es irreparable. Adiós.
- No. No lo entiendes, no puedo irme.
- ¡Largo!
- No puedo.
- ¿Por qué?
- Porque sé tu secreto....
- ¿Qué has dicho?
- Lo sé todo, te he visto.
A vos, o a él..., algo.
- ¿De qué demonios estás hablando?
No quería entender, pero las sombras se vuelven agresivas.
¿Lo entiendes?
- ¿Insinuas que soy producto de tu imaginación?
- Insinuo que eres producto de la tuya.

Nada más que decir, dejo la invitación esperando que el resultado les evoque la misma satisfacción que a mí: "esta obra es un exceso, con todos y en todos los sentidos".

Teatro El Cuervo
Santiago del Estero 433
- Capital Federal -

4 de junio de 2008

Frag-mento

Y sí, efectivamente todos somos, cuanto menos, dos. Hoy, me río por haberme reído en ese entonces cuando no creía tal verdad...
Dos caminando juntas, a veces a muchos pasos de distancia.


Dos formas diferentes pero iguales de equivocarnos y no ser, también estrepitosamente. Ella, es una fortaleza jugando a ser nido, yo, apenas, una cama sobre la ciudad. Ella, una biblioteca revolucionaria. Yo, una puta estantería con tres libros. Yo digo, siempre, y ella, a menudo. Yo digo nunca, y ella dice, a veces. Cuando me despido digo, hasta luego, querido, y ella, simplemente adiós amor. Yo, cuídate, y ella, que te vaya bien. Si es por la mañana, yo, que tengas un buen día, y ella, buenos días. Yo digo, creo. Ella, pienso. Yo sueño en blanco y negro, y ella, en colores. No lo entiendo. Nos llevamos bien, y cada tanto muy mal, claro, a veces se necesita espacio y de repente ese vaivén entre una y otra se produce en un simple tragar saliva, respirar profundamente o un parpadeo. Son segundos y ahí está. Ni siquiera hace falta un tranquilo sueño, no. Tampoco quiero cambiarle el sitio. No, ni mucho menos. No quiero ser sólo ella. Está bien así, aún sin entenderlo siquiera. Lo que me sorprende es la incertidumbre de cuándo?. Es como si tuviera la casa compartida. No he alquilado una habitación, me he alquilado a mí. Así está bien, ella me utiliza y yo a ella, y ese "utilizar" es con todas las consecuencias - como debe ser -.



Y soy yo quien me llama por mi nombre con la voz de ella para marcarme el camino de regreso a mí misma, a sabiendas que ella me robó un par de posibilidades, pero yo le robé un puñado de certezas... aun así, me pasa, -en-días-como-hoy- de mirar dentro mío y no conocer a nadie, ni siquiera, reconocerla a ella.