Caminé despacio por Cerrito, y el despacio fueron solo tres pasos, al cuarto me vi condenada a seguir el ritmo, o en su defecto morir tragada por alguna sombra. Calle Corrientes me gustó, mientras Euge,Pato y Lu andaban revisando las puertas de los teatros en busca de famosos, me perdí en una Librería, con un perfume riquísimo, con sabor a biblioteca puesta ahí para mí. Me regalé "Todos los fuegos el fuego" y como me gustó el nombre Talcahuano, recuerdo que la Librería era antes de llegar a esa calle. El paseo La Plaza me pareció surrealista, las etiquetas y los brillos en exceso es algo que me causan gracia, pero lo que sea, en ese lugar me enamoré de un Arce japonés de 20 cm. y no pude resistir la idea de tenerlo entre mis bonsáis. En Plaza San Martín me saqué una bota para ponerme una curita. Y aunque me aturdía el pedido de: ¡Dale!, ¡Llegamos tarde!... no pude evitar cautivarme con la Torre Reloj de Plaza de los Ingleses.
Los fantasmas con ojos trasnochados recorren las aceras. Nadie te ve. Nadie dice Gracias. Y sin embargo, en plaza Miserere alguien me regaló un jazmín y me dijo: "para vos, porque tenés la luna en los labios". No entendí lo de la luna, pero me encantó. Y me quedé mirando la plaga de gatos con esa cara que no mezquinaba risas por tener ese jazmín en mi mano. Un evangelista me disparó un caño en la sien y con su monólogo bíblico del mundo que se ha entregado al vicio y al pecado acribilló mi momento de calma.
Crucé hasta Cromañón y el suelo me recogió algunas lágrimas, el aire que respiré me lo tragué de una bocanada, es un clima especial, un aire denso, la piel siente el fuego, y sí. Me acordé de mi hermana y ahí dejé el jazmín.
El continuum se mantiene, el ritmo no se toma un break. Todos caminan como si supieran su destino. Permiso. Y mejor nos apuramos antes que el hombrecito empiece a titilar en rojo. Me gustaba el molinete de los subte, aunque había paro de-vaya-saber-que y no pagamos porque la puerta estaba abierta. Me quedé con las ganas. Cómo así también me quedé con ganas de Socavón y Malbec Syrah culpa de tres señores que atrasaron mi ritmo pausado y con los que más que cena compartí un hermoso dolor de cabeza.
No pude zafar de ciertos horarios, y cuando me hubiera encantado decir que No, a contra voluntad dije que Sí. Museum hubiera sido uno de esos "NO", aunque tenía la intuición de que sería rescatada por algún perdido de imaginarios en minúsculas y todo junto. Pero no. Shamrock me gustó un décimo más, quizás porque tenía varias copas de champagne dando vueltas por mi cuerpo y eso amortiguó el gusto o disgusto. De Palacio Alsina, así como entré, salí, y ahí dije, definitivamente: "Los años no vienen solos..."
La Trastienda fue toda mía, felicidad, mi gente, y puro sonrisas, los flashes me despertaban y nunca entendí que yo era la protagonista. Gente grossa. Gente producida. Buenos simuladores. Mejores apariencias. Abrazos y risas sinceras. Sí. Las de ellas. Las de mis amigas. Las que marcan la diferencia y se bancan lo que sea. Las que gritaban mi nombre y aplaudían mis palabras. El mensaje del Barrendero me piantó un lagrimón, y escucharlo justo ahí, entre el quilombo de la gente, me estremeció. Ojalá dimensione cuanto lo quiero. Me olvidé si estaba en la ciudad de la Furia, o en el fin del mundo. La niña, mi niña, dibujaba mis labios en perfecta sonrisa, la batería en fusión al bajo, me marcaba los latidos y corría adrenalina. Me llamó y me dijo que era una muñeca y escuchar su voz, en el momento justo, no marcó diferencias. Estaban todas las sonrisas que necesitaba. Las que no, tuvieron la magia de poder dibujarse. Javi me sorprendió y con su mensaje a la distancia me abrazó fuerte.

Los huesos eran astillas luminosas, parecía un pájaro a punto de emigrar. Los ojos en silencio. Y reuniones, más reuniones. Ir y venir. Venir. Ir. Almuerzo rapidito, como todo, como cruzar la calle. Vestidos exactamente iguales, como si la música que sale del Mp3 sea ídem para todos y la patología les indicara el mismo ritmo en los pasos. Me bajé en Lima cuando tendría que haberlo hecho en Plaza de Mayo. Rapidito. Con esa sensación de que el cuerpo quedaría atrapado al cerrarse la puerta. Los miraba dormirse en los andenes. Me preguntaba, cómo vivirán el vértigo de encontrar, el orgullo de gustar, el milagro de coincidir, la delicia de encajar. Más reuniones. Más "¡mucho gusto!, ¿qué tal?. El placer es mío. Me pareció raro no distinguir entre buenas tardes y buenas noches. Por el ritmo será. O como me dijo el kiosquero, es cuestión de costumbre. En el fondo pensé -es cuestión de querer acostumbrarse, también-. Quedaron detalles pendientes. La insurrección de una coca-cola hubiera sido un lindo detalle. No ocurrió. No me quejo. El tiempo pasó rápido. Me gustó Flores, aunque no vi ni una sola flor. Avellaneda tiene lo suyo. Me reí mucho. Me divertí. Las argollas colgadas en el subte me dieron un aire circense. Pelo verde. Esa suerte de moda de trapos viejos. Originales. Sí. Recorrí muchísimo, dormí poquísimo. Comí como si me pagaran por caloría ingerida. Respiré olores. Perfumes de bohemia. Contactos con personajes soñados y algunos fugados de pesadillas- qué también cuentan-. Días de una leyenda cinematográfica con ese algo que no es belleza, pero que es mucho mejor. Euforia. Luz intermitente. Histérica por dentro, duplicada por fuera. Conservé la sonrisa que abunda en la cara de los tontos –y los aterrados- y comencé mi improvisación. Todo salió mejor de lo esperado. Le saqué la lengua a la mala racha y disfruto. Viento a favor. Demasiadas cosas buenas, tanto que me hacen dudar. Escucho mi tema en la radio y me tilda la frase... "No hablo en futuro, porque no sé si será"... La felicidad me abraza y yo le dedico mi canción. No lo soñé. La ficción me superó y mi sonrisa se hace inevitable.