27 de abril de 2007

¿Cuál será el secreto?


Admiro la manera de ser feliz que esas dos almas que pintan canas, conjugan como un verbo simple, elemental; yo feliceo, tú feliceas, todos feliceamos. Porque es felicear verlo remover la tierra de alguna orquídea, mientras ella cose una cortina de lienzo color crema.

Es felicear callarse con un lazo que une, callarse ese "silencio sonoro" de la casa de techo alto, que tiene el lujo del amor de esos dos soles que la habitan, porque los otros lujos andan repartidos "entre la gente joven que los puede lucir".

Hoy fui a visitarlos, ella me tomó de las manos y me preguntó si era feliz.

Antes de que le diera mi respuesta, agregó: " me imagino que bella debe ser la casa de una mujer como vos"..., una mujer trabajadora, con talento - repito sus palabras textuales, aunque mi modestia borraría algunas-, con éxito. Porque vos tenés más obligación que nadie de ser feliz. ¡Sí puedo hacerlo yo, que no tenía en mí todo lo que vos tenés!.

Aquí su frente se juntó con la mía y, como si dos copas de árboles se agitaran, cayó un tenue aserrín de recuerdos.

Si tu nieta tendría que abandonar los triunfos, para conseguir lo que vos conseguiste, los abandonaría.

Porque entre los éxitos, el tuyo, ese tan redondo y simple, con forma elemental de fruta, es el único que vale de verdad.

Un silencio sonoro allá, cuando el camino se ensancha y es, más que camino, eternidad.
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Ella dice que el secreto está en nunca irse a dormir disgustados y él lo resume en la constante repetición de dos palabras: ", querida".

22 de abril de 2007

Pretérito des(perfecto)

Taxativamente podría remitirme a un sonido extraviado desde el fondo del mar, a una situación misteriosa, casi lóbrega… es la inecuación de nuestras entrañas.
Atrás quedaron las horas coronadas con besos, el tronco aquel que lleva en su corteza nuestras iniciales, el tránsito furtivo de tu boca por el ámbar de mis labios, los vuelos con alturas insospechadas por la geografía placentera de los cuerpos ruborizados.
Atrás quedó la vertiente fértil de las emociones, la duplicidad de los momentos, los atardeceres inexorables y aquellos amaneceres inalterables.
Atrás quedó el baile de la dama francesa del siglo XVIII y aquel vasallo que tomó su mano, transgredió su estatus y cayó rendido a su altivez.
Atrás quedaron las visiones,
las conjunciones
posibles,
las dudas en blanco,
los ojos kármicos,
la tibieza estentórea, atrás quedó todo, todomenos el recuerdo de este presente
lacerante.