Me acostumbré al modo precario de este sentir, a tenerte sin brújulas ni rumbo, a vivir desorientada con la sensación que al fin de mis dedos está tu anatomía dibujando la más hermosa geografía. A encendernos-resucitarnos con un beso burlando al invierno, a no hablar de futuro y saber que el tiempo tiene la noción de las horas que permiten un encuentro. Me acostumbré a que las culpas no me duelan, a los rincones sin luz de los bares menos concurridos, a no mentirme promesas. Me acostumbré a sentir este sentir en un subsuelo, con un espectro invisible entre vida-muerte, resurrección-letargo, con noches ardientes que nada saben de formalidades y que en ese sigilo de dibujarnos la piel y entrecortarnos el aliento atravesemos los sueños de las personas decentes.
Me acostumbré perdidamente, sin planes, me acostumbré a ser amnésica y verte a vos ajeno...y sí..., me acostumbré a mentir para sobrevivirse, creerse el espejo, confiar en la mejoría, en el progreso y jurar que no se piensa ya más en los protagonistas de los desamparos.
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Escapados...La loca y el mago, la maga y el loco, escapados del tarot y caminando por calles perdidas con una cama flotando sobre la ciudad a oscuras, con un abanico de razones temblorosas, un grito destemplado, esquirlas, humedades, silencios, y este fuego de tenernos (y no)...